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15/3/11

Desobedencia civil. Henry David Thoreau

"De todo corazón acepto el lema de que "el mejor gobierno es el que gobierna menos", y me gustaría que fuera honrado con más diligencia y sistema. En la práctica significa asimismo, lo cual también creo: "que el mejor gobierno es el que no gobierna en absoluto"; y cuando los hombres estén preparados para él, ese y no otro será el que tendrán. El Gobierno es, a lo más, una conveniencia; aunque la mayoría de ellos suelen ser inútiles, y alguna vez, todos sin excepción, inconvenientes. Las objeciones puestas al hecho de contar con un ejército regular, que son muchas y de peso, y merecen prevalecer, pueden ser referidas en última instancia a la presencia de un Gobierno igual de establecido. El ejército regular no es sino el brazo armado del Gobierno permanente. Este, a su vez, aunque no representa sino el modo elegido por el pueblo de ejecutar su voluntad, es igualmente susceptible de abuso y perversión antes de que aquél pueda siquiera actuar por su mediación. Reparad en la presente guerra mejicana, la obra de un número relativamente escaso de individuos que se valen del gobierno establecido como instrumento; pues, para empezar, el pueblo no habría consentido esta medida. Este gobierno americano ¿qué es sino una tradición, aunque reciente, que trata de transmitirse inalterada a la posteridad, pese a ir perdiendo a cada instante retazos de su decencia? Carece de la vitalidad y la fuerza de un solo hombre vivo, pues éste puede doblegarlo a voluntad. Es como una especie de arma de madera para el pueblo mismo; y si alguna vez al usasen verdaderamente como real unos contra otros, de seguro que se les desharía en astillas. Sin embargo, no por ello deja de serles necesario; pues los individuos han de tener alguna complicada maquinaria que otra y oír su estrépito para satisfacer su idea de gobernar. 

(...)
 
La gran masa de los hombres sirve al Estado, pues así; no sólo como hambres principalmente, sino como máquinas; con su cuerpo. Son ejército permanente y milicia establecida, carceleros, guardias, posee comitatus etc. En la mayoría de casos no existe ejercicio alguno libre, sea del propio juicio o del sentido moral, sino relegamiento al nivel del leño, de la tierra o de las piedras; y quizás puedan construirse algún día hombres que cumplan con igual perfección este cometido. Tales no merecen más respeto que un fantoche o que basura. Su valor raya con el de los caballos y los perros. Sin embargo, incluso se les reputa buenos ciudadanos. Otros, como es el caos de la mayoría de legisladores, políticos, juristas, clérigos y funcionarios, ven al Estado principalmente con la cabeza; y como quiera que raramente establecen distinciones morales, son tan susceptibles de servir al mal sin intención, como a Dios. Unos pocos, muy pocos, muy pocos, héroes, mártires, reformadores - que no reformistas -, y hombres sirven al Estado también con su conciencia, y así, se le resisten las más de las veces; y éste los trata como enemigos. El hombre prudente sólo se revelará útil y no se avendrá a ser "barro" ni a "obturar un agujero para detener al viento", sino que, por lo menos dejará esa tarea a su polvo.
 
(...)
 
Si alguien fuere a decirme que el presente es un mal gobierno porque gravó ciertos artículos extranjeros arribados a sus puertos, lo más probable es que me quedara impertérrito puesto que puedo pasarme perfectamente sin ellos: todas las máquinas poseen roces. Y posiblemente ello resulte en bien suficiente para contrarrestar el mal. En cualquier caso, es mal mayor el soliviantarse por ello. Pero, cuando los roces buscan máquina en que alojarse, y la opresión y el robo se organizan, yo digo: desprendámonos de esta máquina inmediatamente. En otras palabras, cuando la sexta parte de la población de un país que se ha arrogado el título de país de la libertad la componen los esclavos, y toda una nación es injustamente arrollada y conquistada por un ejército extranjero y sometida a la ley marcial, creo que no es demasiado temprano para que los hombres honrados se rebelen y hagan la revolución. Y lo que hace este deber tanto más urgente es el hecho de que el país así arrollado no es el nuestro, y sí lo es, en cambio, el ejército invasor.
 
(...)
 
Quienes no conocen fuentes de verdad más puras, que no han seguido el curso de ésta hasta cotas más elevadas, se atienen prudentemente a la Biblia y a la Constitución y beben de ellas con reverencia y humildad; pero quienes reparan por dónde brotan aquellas gota a gota para alimentar ese lago o aquella laguna, se fajan fuertemente la cintura y siguen su peregrinación en busca del manantial primero. No ha habido hombre alguno de genio legislador en América. Son raros en la historia del mundo. Abundan los oradores, los políticos, los hombres especialmente elocuentes, se cuentan por miles; pero no ha abierto aún la boca aquel orador capaz de resolver los numerosos y muy vilipendiados problemas que nos acucian hoy. Nos gusta la elocuencia por sí misma y no por la verdad de que pueda ser portadora o por el heroísmo que pueda inspirar. 

(...)

Jamás existirá un Estado realmente libre e iluminado hasta cuando ese Estado reconozca al individuo como un poder más alto e independiente, del cual se deriva su propio poder y autoridad y lo trate de acuerdo a ello. Me complace imaginar un Estado que finalmente pueda darse el lujo de ser justo con todos, y que trate al individuo con respecto; más aún, que no llegue a pensar que es inconsistente con su propia tranquilidad si unos cuantos viven separados de él, no mezclándose con él, sin abrazarlo, pero cumpliendo con su obligación de vecinos y compañeros. Un Estado que produjera este fruto y lo entregase tan pronto estuviese maduro abriría el camino para otro Estado, aún más perfecto y glorioso, que yo he soñado también, pero que aún no he visto por ninguna parte."

23/2/11

¿Hay una Revolución Islámica?

Según la RAE, Revolución (Del Latín, revolutĭo, -ōnis) es la acción de revolver o revolverse, cambio violento en las instituciones políticas, económicas o sociales de una nación. Para Eric Hobsbawn, cualquier hecho, o hechos, que puedan agruparse en "formas violentas de acción política" es una revolución o insurrección o guerrillas o golpes de estado... .

¿Es lo que esta sucediendo hoy en día? ¿Es esto lo que pasa en el "mundo árabe/musulmán"? Estas y otras cuestiones vamos a intentar de responderlas a lo largo del artículo.

¿Qué es el islamismo? Como concepto religioso, aglutina a todos aquellos que siguen las enseñanzas de Mahoma, el profeta. El concepto confesional de la política, basado en la unidad de todos los musulmanes al margen de la identidad nacional o cultural. Aunque actualmente aparezca como la vía política más fuerte dentro de los países de mayoría musulmana no ha sido, ni tampoco, es la única.

Hay distintos ideólogos o teóricos como Hassan al Banna, egipcio y fundador de los Hermanos Musulmanes en 1928, y Mawlana Abul Ala Mawdudi, indio y creador de Jamaat i-Islami, movimiento creado en 1941 y con gran éxito en el sudeste asiático. Sin embargo, a pesar de las diversas teorías, cómo en todas las religiones, hay elementos comunes. En esta ocasión son:

- El Islam constituye una ideología que comprende todos los ámbitos que afectan al individuo, a la sociedad y al Estado.
- El Corán, la Sunna y la Sharia constituyen los fundamentos que organizan la vida musulmana.
- El principal concepto político es la Umma, la comunidad de los creyentes. Tenemos que recordar que la Umma, un concepto teológico de fraternidad entre los musulmanes, ya había tenido desde los inicios cierto contenido político. Ahora se convierte en el principal vínculo político, por encima de la identidad nacional, de la étnica, lingüística, etc.
- La debilidad vivida en el seno de países islámicos se ha debido a la infidelidad y al haberse apartado de la senda de Dios.
- La fidelidad al reestablecimiento de la soberanía de Dios por medio de la implantación de la ley divina traerá éxito, poder y riqueza a la Umma: comunidad islámica.
- Para recuperar el orgullo de esta comunidad es necesario comprometer al Estado y a la sociedad con la reinstauración de la Ley de Dios.

Sin embargo, la aplicación del espíritu y de las leyes islámicas es desigual. El Islamismo no es un bloque monolítico, presenta múltiples tendencias, diversos registros, es un movimiento multiforme. Las diferencias provienen, en primer lugar, del aspecto doctrinal (sunnismo y chiísmo). En segundo lugar, tenemos las diferencias que arranca de la interpretación. Aún hoy existe el debate sobre la Itjihad -interpretación- entre los que consideran peligrosa la interpretación y aquellos que son partidarios de una interpretación que adecue la doctrina a un lenguaje de hoy. Sin embargo el debate está en las formas porque la interpretación es, no sólo necesaria, sino a todas luces imprescindible ya que sólo ochenta versículos contienen reglas de derecho. Muchas de estas son inaplicables hoy, ya que desapareció el contexto histórico para el que se escribieron. Depende de la escuela doctrinal que haga la exégesis para que se extraigan unas leyes de tipo rigorista y puritano (wahabbíes) o para que haya una visión más social partidaria de la modernización, aunque contraria a la occidentalización (caso de los Hermanos Musulmanes).

El colonialismo occidental produjo la reacción islámica, caracterizada por un sentimiento panislamista que, además, propugnó diversas reformas religiosas. Abdulhamit, sultán otomano, intentó situarse a la cabeza de un mundo islámico unificado, capaz de oponerse al nacionalismo de los territorios balcánicos cristianos que estaban bajo su dominio. Sin embargo, la derrota turca en la Gran Guerra y la supresión del califato por Ataturk dieron al traste con el movimiento. Heredero directo fue el panarabismo, que cristalizó en la Liga Árabe (1945), integrada inicialmente por Arabia Saudí, Egipto, Iraq, Siria, Líbano, Transjordania y Yemen del Norte. Entre sus objetivo estaban, y aun siguen estando, prestar ayuda a los países miembros y defenderlos de la intromisión colonial, así como mediar en los posibles conflictos entre sus miembros.

El proceso descolonizador, acentuado tras la II Guerra Mundial, ya había comenzado en las primeras décadas del siglo XX, con las independencias de países como Yemen del Norte (1918), Egipto (1922) y Arabia Saudí e Iraq (1932). Líbano consiguió su independencia durante el conflicto, mientras que a su finalización surgieron Jordania y Siria. Libia se proclamó independiente en 1951, abriendo el camino para Marruecos y Túnez (1956), Mauritania (1960), Kuwait (1961), Argelia (1962), Yemen del Sur (1967) y Bahrein, Omar, Qatar y los Emiratos Árabes Unidos (1971).

Bramón, citando a Segura Mas, señala diversos factores internos y externos como configuradores del Islam actual, entre los que los más importantes son el surgimiento del Estado de Israel en 1948; la penetración de la influencia occidental y soviética en los países islámicos, por motivos económicos, políticos y militares; y, por último, el surgimiento de diversas tendencias políticas contrapuestas en los mismo países islámicos, además del reciente islamismo político.

Son numerosos los conflictos bélicos que han sacudido en los últimos años al mundo islámico. Las guerras árabe-israelíes; la confrontación entre Irán e Iraq tras la revolución islámica que llevó al poder a  Jomeini tras derrocar al Sha Pahlevi; las dos guerras del Golfo; las de Agfanistán -invasión soviética, guerra civil e invasión norteamericana, que acabó con el régimen talibán-, son algunos de los conflictos de mayor repercusión. También son importantes las confrontaciones entre musulmanes y no musulmanes en países como la India, Indonesia y Filipinas.

Los graves problemas sociales y políticos que afectan a la mayoría de los países, la desigualdad económica, el sentimiento de hallarse ante un enemigo exterior poderoso -Occidente-, al que se culpa de todos los males... todo ello hace que surjan con vigor respuestas de índole político-religiosa, que propugnan una interpretación restrictiva y beligerante del Islam, un islamismo militante -entendido en Occidente como fundamentalismo o integrismo- entre cuyos objetivos está acabar con el enemigo sionista y capitalista, además de una vuelta a los que se consideran principios fundacionales del Islam. En Argelia, así como en otras partes del Magreb, se ha producido el ascenso de los islamismos, mientras que en el Oriente Próximo, al calor del conflicto árabe-israelí, han surgido organizaciones más o menos radicales como la OLP -Organización para la Liberación de Palestina- de Arafat; el FPLN -Frente Popular de Liberación Nacional- de Habas; el Movimiento de Resistencia Islámica Hamás o Hezbolá, el shií "partido de Dios" que opera en el sur del Líbano.

Las relaciones entre Occidente y el mundo islámico en su conjunto están lejos de ser bien entendidas, menos aún tras el atentado a las Torres Gemelas de Nueva York del 11 de septiembre de 2001, del que se ha responsabilizado al grupo islamista dirigido por el millonario saudí Osama Bin Laden. De manera inevitable, el mundo cristiano y judío, que coincide a grandes rasgos con los países capitalistas y desarrollados, está obligado a entenderse con el mundo musulmán, que integra a más de mil millones de personas y es la principal creencia en más de cincuenta países.

La democracia es el buque insignia de los valores occidentales. Tanto es así que ha llegado a trascender hasta situarse entre los valores universales. Huntington señala la situación de la democracia en los países musulmanes como una de las razones más poderosas en su argumentación sobre el choque de civilizaciones. Cabe preguntarse, ¿es posible la compatibilidad entre islamismo y democracia? Aquellos que defienden que ésta no existe dan tres razones para legitimar su posición: 
1.- El núcleo de la doctrina del Islam choca con los valores del pensamiento democrático.
2.- Muchos grupos islamistas se niegan a adoptar los principios democráticos e incluso vemos que los más radicales boicotean los intentos de democracia incluso utilizando el terrorismo como arma de lucha política.
 3.- La práctica de los activistas islámicos allá donde asumen el poder no contempla la democracia. Incluso cuando han obtenido cuotas de poder por vías democráticas han actuado en contra del sistema.

Gema Martín Muñoz sostine que: el autoritarismo moderno del Estado-nación árabe está más relacionado con factores como las deficiencias en los procesos de descolonización, injerencias externas, divisiones artificiales de las fronteras, el proceso de deslegitimación de las elites, el predominio del Estado protector, las relaciones entre las clases sociales, la urbanización o la falta de desarrollo económico, que con “defectos congénitos” atribuibles al Islam.
 
El Islam, como cualquier otra religión, depende en gran medida del desarrollo de la hermenéutica, de la interpretación actual de los textos sagrados. Fátima Mernissi en una entrevista declara: “Se afirma con demasiada facilidad que existe un conflicto entre la democracia moderna y el Islam. De hecho no es así; el conflicto se da entre un despotismo enmascarado de sagrado y la democracia”. Sería justa la reflexión de François Burgat: “¿Es capaz de ser demócrata la civilización musulmana? Se podría decir que no menos capaz que la civilización cristiana antes de llegar a serlo”. 

Hay que aparcar cualquier tipo de determinismo cultural y examinar aquellos factores económicos, políticos, sociales e ideológicos que marcan la situación de una civilización. Porque la cultura, y dentro de ella el fenómeno religioso, es el vehículo de expresión de un conflicto y no su causa.



26/1/11

Chávez

Populismo, globalización, militarismo, etc. forman parte del pensamiento de Chávez, aúna esos elementos para propagarse por su querida Venezuela, la Venezuela de su loado y alabado Simón Bolívar, así como por el resto del panorama internacional.

Chávez personaje de fuerte personalidad, humorista inalcanzable, e incluso, porque no, tal vez, algo inteligente, bueno, más bien listo, ha sabido utilizar el petróleo como moneda de cambio en su política, además se ha rodeado de “grandes amigos” en su lucha contra el “Imperio Yankee” y eso le ha facilitado entrar en la cúpula de la izquierda latina, que gracias a que los EEUU han estado entretenidos en su cruzada personal contra algunos países de Oriente, han podido ascender regímenes de índole izquierdista en Suramérica, por lo que dichos regímenes han establecido acuerdos de ayuda mutua. Es el caso de Chávez, podríamos decir, que es el abanderado de América Latina.


Aún cuando las experiencias más recientes hacen del disenso un patrón de conducta regular en el campo de los asuntos exteriores, la diplomacia venezolana continúa cumpliendo con las obligaciones y compromisos adquiridos por gobiernos previos; no sin que deje de mencionarse la necesidad imperiosa de mantener incólumes las identidades nacionales o, lo que es igual, los componentes fijos de la política exterior. Así, más allá de la predisposición respecto del neoliberalismo, la globalización o el libre mercado –y su principal promotor, los Estados Unidos–Venezuela ha debido seguir negociando indefectiblemente bajo esos parámetros. Normativamente, estas circunstancias pondrían de manifiesto una tensión importante entre el carácter petrolero del país y los principios revolucionarios propugnados por sus clases dirigentes.

Sin embargo, la disociación entre estos dos factores podría suponer, hasta cierto punto, una estrategia preconcebida. Venezuela había proyectado siempre tres alineamientos centrales en su discurso oficial: el primero, referente a las relaciones de amistad con Estados Unidos, sobre la garantía del suministro petrolero; el segundo, orientado hacia la fomento de la inversión internacional; y el tercero, referido a la defensa de la paz internacional.

La clave para entender cómo se intentaba articular la distancia entre ambos elementos era plantear que Venezuela y, en general, los países subdesarrollados o del Tercer Mundo habían sido tratados con desdén y propósitos de subordinación por parte de los países desarrollados; pero si se recuperaba un tratamiento respetuoso y equitativo, el signo de las relaciones cambiaría en esa misma medida. El argumento central era que las fricciones con Estados Unidos resultaban de un quebrantamiento a la soberanía nacional y que, una vez superado este escollo, y habilitado el camino para establecer una ligazón entre iguales, las posibilidades de instituir un esquema cooperativo serían mucho mayores.

La única manera de lograr tales fines sería mediante la creación de polos de poder alternativos, en los que quedara desplazada la tradicional hegemonía estadounidense y de los productos de su dominación. Para el proyecto revolucionario de Chávez, destruir la supremacía de los Estados Unidos significaba –y aún significa– hacer escombros al sistema internacional prevaleciente. Como es comprensible, Venezuela, país de rango medio y con una influencia relativa en el mercado petrolero mundial, no posee las condiciones de fortaleza para cumplir con tan monumental cometido y menos cuando una porción importante de los países latinoamericanos se rehúsan a formar parte de tan atrevida provocación. A diferencia de Chávez, el resto de sus homólogos en el hemisferio sólo estarían dispuestos a formular observaciones que auparan un cambio en el trato de Estados Unidos hacia ellos. En otras palabras, tenían la voluntad y la responsabilidad de adoptar posiciones firmes frente a los abusos, para exigir correcciones en las conductas tendientes a provocar desacuerdos, pero nunca amparados en una confrontación permanente y agotadora.

El gobierno venezolano, por su parte, entendió que debía unirse a otros miembros de la comunidad internacional para modular su lucha en el marco de una concurrencia «natural» de intereses. La pregunta, entonces, gira en torno a la naturaleza de estos principios o puntos de conexión. ¿Constituyen la posición de un Estado o la de un gobierno? ¿Han sido construidos en función de un consenso nacional? ¿Encarnan el sentir de la patria y de su pueblo? ¿Surgen estos supuestos de una modificación sustantiva en las identidades?. Y de ser así, ¿resultan esas identidades válidas si no cuentan con el concurso de todos los sectores del país en su redefinición? Estas y muchas otras interrogantes giran en torno a la legitimidad y vigor de la política exterior.

En último término, la política exterior de Chávez ha mantenido la modalidad de dos vías, algo equiparable a lo que fuere la política de «dos manos» animada durante la segunda presidencia de Carlos Andrés Pérez (1989-1993): sea esto, el mantenimiento de diversas identidades en los más variados escenarios, pero con el agravante de construir una ruta alterna de corte hostil y radical. Otro elemento que se mantiene constante, derivado casi naturalmente de lo anterior, es el tradicional hiperactivismo diplomático. El Ejecutivo mantiene vigente su derecho a la máxima representación del Estado, del ius representationis omnimoda, en todas las giras internacionales y otros eventos. Y más allá de referir el depositario real de estas atribuciones, no puede soslayarse la cantidad ingente de viajes que se han efectuado desde 1999, en los cuales se ha recorrido una vasta extensión del planeta.

Encontramos, entonces, a una administración que altera las «ideas fuerza» de la política exterior: promueve una democracia participativa, propone la construcción de un mundo multipolar, esgrime duras críticas contra las tendencias globalizadotas y el capitalismo (aún cuando es parte de ambos procesos), fomenta el establecimiento de una alianza militar distinta a la fijada por el TIAR (Tratado Interamericano de Asistenta Recíproca), anima un acercamiento extremo a la órbita de la OPEP y un distanciamiento patente de los Estados Unidos. Desarrolla así una acción internacional con líneas conceptuales y doctrinarias radicales, de base no consensuada, contenido discrónico y orientación anti-occidental.