"El espacio que queda entre la espada y la pared es exiguo. Si huyendo de la espada, retrocedo hasta la pared, el frío del muro me congela, si huyendo de la pared, trato de avanzar en sentido contrario, la espada se clava en mi garganta. Cualquier alternativa, pues que pretenda establecerse entre ellas, es falsa y como tal, la denuncio. Tanto el muro como la espada sólo pretenden mi aniquilación, mi muerte, por lo cual me resisto a elegir. Si la espada fuera más benigna que el muro, o la pared, menos lacerante que el filo de aquella, cabría la posibilidad de decidirse, pero cualquiera que las observe, comprenderá enseguida que sus diferencias son sólo superficiales. Sé que tampoco es posible dilatar mi muerte tratando de vivir en el corto espacio que media entre la pared y la espada. No sólo el aire se ha enrarecido, está lleno de gases y de partículas venenosas: además, la espada me produce pequeños cortes 'que yo disimulo por pudor' y el frío de la pared congestiona mis pulmones.... Si consiguiera escurrirme, la espada y el muro quedarían enfrentados, pero su poder, faltando yo entre ambos, habría disminuido tanto que posiblemente el muro se derrumbara y la espada enmoheciera. Pero no existe ningún resquicio por el cual pueda huir, y cuando consigo engañar a la espada, la pared se agiganta, y si me separo de la pared, la espada avanza. He procurado distraer la atención de la espada proponiéndole juegos, pero es muy astuta, y cuando deja de apuntar a mi garganta, es porque dirige su filo hacia mi corazón. En cuanto al muro, es verdad que a veces olvido que se trata de una pared de hielo y cansado, busco apoyo en él: no bien lo hago, un escalofrío mortal me recuerda su naturaleza. He vivido así los últimos meses. No sé por cuánto tiempo aún podré evitar el muro, la espada. El espacio es cada vez más estrecho y mis fuerzas se agotan. Me es indiferente mi destino: si moriré de una congestión o me desangraré a causa de una herida, esto no me preocupa. Pero denuncio definitivamente que entre la espada y la pared no existe lugar donde vivir."
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21/2/11
"Visado de tránsito". Anna Seghers.
"Yo quería levantarme para salir. Sentía asco. Entonces cambió repentinamente mi estado de ánimo. ¿A causa de qué? Nunca sé las causas que producen ese cambio en mí. De repente, todas estas conversaciones ya no me parecían tan repugnantes, sino más bien grandiosas. Se me antojaban archiviejo chismorreo de puerto, tan viejas como el Viejo Puerto mismo, y aun más viejas. Maravillosos, viejísimos chismes de puerto que nunca dejaron de oírse desde que existía el Mediterráneo; chismes fenicios; chismes cretenses, griegos y romanos. Nunca habían faltado charlatanes que temían por sus sitios en los barcos y por su dinero; ni los que huían de todos los terrores reales o imaginarios de la tierra: madres que habían perdido a sus hijos, hijos que habían perdido a sus madres; los restos de ejércitos diezmados, esclavos fugitivos; gente expulsada de todos los países que, finalmente, había llegado al mar, donde se arrojaba sobre los barcos queriendo ir a descubrir nuevos países, de los que de nuevo sería expulsada. Todos siempre en huida ante la muerte y hacia la muerte. Aquí los barcos debieron haber estado anclados siempre, en este sitio exactamente, porque en él se acababa Europa y empezaba el mar; y debió haber una fonda siempre porque era el lugar en que la ruta desembocaba. Yo me sentía terriblemente viejo, viejo de milenios, porque todo lo había vivido ya una vez; y, al mismo tiempo, me sentía muy joven, deseoso de ver todo lo que habría de suceder. Me sentía inmortal. Pero esa sensación cambió de nuevo, era demasiado fuerte para mí, hombre débil. Me asaltó la desesperación, desesperación y nostalgia. Me dolían mis veintisiete años dilapidados, enterrados en países extraños."
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